Desde que tengo memoria nunca le temí a los insectos. Cada verano visitaba la casa de mis abuelos. Completamente alejados del mundo y la ciudad, estar con ellos me permitía disfrutar del aire fresco para aminorar mi asma. Sí, estar en la ciudad era lo que podríamos traducir como “un sofocante infierno”.
En fin, es verano del 2008 y casi me gradúo ¡qué pronto pasa el tiempo! me sorprende y a la vez me asusta...detesto la idea de graduarme y vivir por mi propia cuenta. Siempre he necesitado de alguien más para cuidarme...supongo que esa puede ser la causa de por qué no sé andar por mi cuenta, después de todo alguien siempre tiene que ayudarme a sobrellevar este asma de los...
—Ya llegamos.
Y de nuevo estamos aquí. Pasó bastante tiempo desde la última vez que vine aquí, pero me alegra volver. Todo sigue igual: las paredes color ladrillo, los viejos pilares apenas visibles, el portón blanco oxidado, las plantas de la abuela asomándose por la terraza para recibirnos con la brisa del mediodia... es como si el tiempo se hubiera congelado aquí. Me gusta estar de vuelta.
Entramos por la reja blanca y pude ver que habían puesto un timbre con una cámara de seguridad, es extraño porque aquí siempre suele ser muy tranquilo, pero supongo que con los asaltos del poblado más cercano es normal que se preocupen.
Al interior hay un muy escalofriante pasillo que desde siempre me ha dado miedo, pero si lo atraviesas, encontrarás un frondoso jardín de plantas con un roble en el centro que la abuela cuida y riega todas las mañanas. Espero que nunca tenga que cambiarlo de lugar...
— ¿Dónde estás? ¡Sube de una vez que tengo que ir al baño, para que me ayudes con las maletas!
— ¡Ah! Perdón mamá, ya voy.
Las cosas entre mi madre y yo han cambiado desde el invierno pasado. Siempre está ocupada en el trabajo y yo me quedo con Ann mientras espero a que vuelva. Ann y yo nos conocemos desde la primaria, y desde entonces hemos sido amigas.
Sabe todo sobre mí y yo sé todo sobre ella. Somos prácticamente iguales. Como dos gotas de agua.
Sonrío para mí al recordarla mientras sigo subiendo la empinada escalera hasta llegar a la pesada puerta de roble oscuro.
-jAh, al fin llegan!
Parada en la puerta se encuentra mi abuela, y me detengo sorprendida no sólo por la emoción que me produce verla, sino por su expresión. Su rostro se suaviza al ser iluminado por una radiante y dulce sonrisa, una que no le había visto en mucho tiempo. Siento como las lágrimas están a punto de salirme. Le sonrío de vuelta y me acerco rápidamente para abrazarla fuerte pero con cuidado de no lastimarla. La extrañaba tanto.
—Siéntate y descansa un rato mija —me dice con dulzura mientras me sienta en el sofá apresuradamente, instándome a tomar un descanso - fue un largo viaje ¿eh?
Asentí y luego vi que rápidamente se volteó hacia mi madre que apenas había entrado. Su rostro
cambió completamente.
-¿Pero por qué llevas todo eso en la mano? - le reclamó espantada - ¡Ya te dije que si llevas todas las maletas tú sola un día te romperás la espalda! - y se acercó hacia mi madre presurosa para ayudarle.
Era aquella repentina preocupación suya lo que a veces exasperaba a mi mamá.
—Mamá por favor, es que tenía que subir con mucha urgencia y debo ir a la oficina para revisar unos papeles—
Se fijó de la hora en su reloj plateado, y apenas haciendo una leve exclamación de espanto salió apresurada de la casa.
Mi abuela observó cómo su silueta se alejaba y suspiró.
—Debería cuidarse más si sabe que pronto irás a estudiar fuera... ¿de dónde habrá sacado ese carácter? —y volvió a suspirar en tono de reproche mientras se volvía a la cocina.
Mm, ¿de quién más crees abuela?
Los siguientes días fueron bastante tranquilos, todo iba bien hasta aquella noche...
Eran las 10:32 de la noche y mi madre, mi abuela y yo seguíamos en la sala. Mi madre revisaba unos documentos de su trabajo, mi abuela veía de forma muy entretenida e interesada las noticias del día mientras yo leía un cómic de terror que había traido conmigo. Era sobre un grupo de amigos que iban a encontrarse a un bosque para luego descubrir que se habían engañado entre sí con sus propios doppelgängers.
El reloj marcó las 10:45 pm.
— Bueno —indicó mi madre mientras se levantaba del sillón- es hora de irnos a dormir; tengo que seguir trabajando mañana. - volteó a verme —Ve con tu abuela y ayúdale a llevar sus cosas al cuarto.
Asentí y nos adelantamos con mi abuela. De la sala de estar a los cuartos había un pasillo que era tan largo y tan oscuro que si queríamos ver teníamos que mantener todas las luces de las lámparas encendidas. Conforme atravesaba ese pasillo se me venían cosas a la mente que había leído en el cómic: las luces se apagaban, escuchaba sonidos raros, aparecían cosas en las paredes, etc. Lo sé, ridículo. Aun así, adoro el terror porque me permite alejarme del mundo real, pero al mismo tiempo pienso de más y me aterra lo que pueda suceder. Tengo una imaginación que no pasa de
ser...
—¿Qué es eso?
Volví a la realidad enseguida -¿Eh? -¿Qué cosa abuela? —Volteé para todas direcciones en alerta pensando que se refería a algo fuera de lugar o que se había caído, pero cuando volví a girar hacia el espejo de la izquierda lo vi. Un insecto. Me alivié sabiendo que sería inofensivo, así que me acerqué a ver qué tipo de insecto era. A lo mejor podía sacarlo con un trozo de papel y así no saldría herido. Pero cuando me acerqué a verlo con más detenimiento me paré en seco. Me di cuenta de que no era cualquier insecto, era una hormiga rubris volcánica. De las más peligrosas dentro de su especie. Si te acercas a ellas vuelan y no dejan de perseguirte hasta picarte. Y no era una. Había más de siete rodeando el espejo. Me congelé y sin darme cuenta, comencé a temblar del susto. No soportaba la idea de que se me acercaran, y por alguna razón, senti unas extrañas náuseas de solo ver cómo sus pequeñas patas se movían lentamente...
—No te preocupes, ya se irán volando luego —me cortó mi abuela con desvergonzada tranquilidad y siguió caminando. Me extrañó su calma pero me tranquilizó un poco así que le seguí por aquel pasillo.
Llegando a la habitación caí desplomada. No dormí mal, pero me desperté al menos siete veces en la noche.
Desde aquella noche y durante los próximos días que estuve ahí había desarrollado un repentino miedo y repudio a los insectos. No podía ni siquiera verlos. Me daban ganas de vomitar.
Una tarde me encontraba sentada en la sala observando la enorme televisión de mis abuelos mientras jugaba un videojuego de carritos que me había traído prestado de mi hermano, en el intento de desaburrirme. Ya estaba harta del tema de los insectos. Sabía que era una época de calor y que muchos animales eran difíciles de ahuyentar con solo un ventilador, pero me extrañaba que se acumularan dentro de la casa. Además, si las ventanas siempre estaban cerradas, ¿cómo podrían entonces entrar si..?
—La comida está lista - indicó mi madre.
Después de comer, fuimos a la sala y nos quedamos ahí hasta la noche. Eran nuevamente casi las diez
de la noche.
Decidí adelantarme al cuarto. Por suerte, no había insectos en el pasillo lo cual me tranquilizó un poco. "Espero que no haya en el cuarto también..." me dije para mí un tanto preocupada.
Abrí la puerta... y solté un grito ahogado. La cara se me palideció del horror mientras observaba aquella escena. Toda la puerta, desde la alfombra hasta el techo, las paredes e incluso la entrada del cuarto de baño... llenas de insectos. Insectos rojos y feos.
Esos asquerosos insectos que me ponían los pelos de punta.
-¿Pero qué..?
Y sin ser capaz de controlar mis impulsos, agarré la tijera y empecé a aplastarlos a todos. Uno por uno.
Hasta que no quedó ninguno.
Esa noche mi abuela y yo nos quedamos limpiando, pero aún así los insectos no se iban. Y pronto descubrí por qué.
-Tendremos que apagar las luces del cuarto.
-¿Todas? —le pregunté muy angustiada.
-Sí, no podemos dejar que se cuelen otra vez.
La idea de estar a oscuras con esos insectos sin saber si se acercan a ti o se van me causaba escalofríos hasta el fondo de la garganta, pero si queríamos acabar con ellos teníamos que hacerlo.
Terminamos con la plaga de aquella noche y nos fuimos a dormir.
Antes de acostarme revisé mi cama con una linterna por si las dudas y no encontré nada. Solté un suspiro de alivio y me acosté, pero justo cuando estaba empezando a acomodar las almohadas, escuché un sonido y vi que algo corría por debajo de las sábanas.
Prendí la lámpara y me levanté bruscamente, buscando entre las almohadas con ansia a alguno de aquellos irritantes animales. Justo cuando iba a volver a apagarla, dentro de una de las fundas de la almohada vi que se asomaba uno de esos insectos.
Abrí los ojos como platos, aterrada. Pero mi miedo se convirtió en terror cuando vi que la hormiga era del doble de tamaño y tenía una cara repulsivamente amorfa. Era del tipo de hormigas que, si te pican, te inyectan su letal veneno y puedes quedarte inmóvil por una semana entera.
Aterrorizada por aquella escena, la tiré al suelo con fuerza y la aplasté sin piedad con mi sandalia, intentando que no pudiera moverse más. Fue tal mi necesidad de acabar con la vida de aquel insecto, que éste en sus últimos momentos intentó moverse, para finalmente crujir al tacto de mi sandalia contra el suelo.
Después de salir victoriosa de aquella sanguinaria batalla y con mi adversario yaciendo inerte en el piso, suspiré y me envolví con una manta para protegerme de aquellos insectos, cubriendo mi cuerpo con ésta como si de una armadura se tratase. Cerré mis ojos y traté de comenzar a soñar.
Esa noche no dormí bien. Ni la siguiente. Fueron días sombríos que no sólo eran más pesados por mi acostumbrada condición de tener un insomnio crónico, sino por la creciente y muy pronto sofocante preocupación de que aquellos insectos me vigilasen como arpías todas las noches.
A cada momento los sentía observándome, más cerca, caminando con aquellas múltiples y lentas patitas hacia mí. Así pues, dormir ya no era una opción, no para mí. Porque cada noche, si estaba siquiera cerca de dormir plácidamente, sentía un escalofrío recorriendo lentamente mi espalda hasta llegar a la almohada. Un caminar... como el de un insecto.